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06 febrero 2024

Un solo de guitarra

Llevo desde la semana pasada poniendo un proyecto en producción y está siendo un parto de los largos. El fin de semana curré las dos mañanas mano a mano con una compañera mientras arreglábamos parte de la migración de datos, que había salido mal, buscábamos soluciones a un par de cosas que no tenían mucha explicación, y planeábamos cómo arreglar un par de cosas que no habíamos calibrado bien. Cada uno desde su casa, conectados vía Teams y programando en paralelo. En fin, cosas que pasan de vez en cuando, sobre todo cuando estas en las partes finales de un proyecto informático. Gajes del oficio.

Pero a mediodía del sábado le dije a mi compañera que nos dábamos la tarde libre. Y que el domingo íbamos a hacer lo mismo. Podíamos haber estado currando todo el fin de semana, pero lo cierto es que ya somos perros viejos en estos asuntos y teníamos claro que también había que descansar. Elena y yo llevamos casi veinte años currando juntos y sabemos que al final la cosa saldrá. Que costará, pero que saldrá. Y que luego, mientras tratamos de terminarlo todo bien y ponerle un lacito y darle carpetazo, nos pondrán con otro proyecto que nos sacará de quicio en unos pocos meses. Ojo, que empezaremos el siguiente sin rematar el anterior; es como una ley no escrita de este mundillo profesional.

Así que nos tomamos las tardes del sábado y el domingo libres. Y yo el sábado me fui con la familia a un local a ver tocar a un amigo con su grupo. A él y a su pareja los conocimos en preparación al parto de nuestros primeros hijos (tenemos tres cada uno) y desde entonces hemos sido buenos amigos. Yo sabía que él había tocado en un grupo cuando era joven, pero que lo había dejado porque ya sabéis, la vida, el trabajo, los niños, las responsabilidades...

Y fue solo después de la pandemia que se volvieron a juntar. Parece mentira que hayan pasado ya casi cuatro años desde entonces. Y que se nos hayan olvidado muchas de las cosas por las que pasamos por aquel entonces. Pero creo que algo sí que aprendimos: que todo lo que nos gusta se puede ir a la mierda en un momentito y que hay que disfrutar de ello mientras se puede. Mi colega se volvió a poner en contacto con sus excompañeros y reunieron a la banda de nuevo. Y este es ya el segundo concierto al que voy. Miguel, que así se llama, toca la guitarra. Tienen un compa a los teclados, otro al bajo y luego está la vocalista. En este último concierto han incorporado a un quinto miembro de la banda, un trompetista que le da un aire muy de jazz a las canciones en las que interviene. Creo que lo suyo es el rock progresivo, porque alguna vez le he oído hablar de ello, pero lo mismo no lo es; la música no es mi frikismo y admito que no tengo el más mínimo oído para distinguir lo que mola de lo que no. Me dejo llevar por lo que me gusta y ya está.

Al final lo importante, lo verdaderamente importante, es que Miguel toca con su grupo, se prepara sus conciertos, se aprende sus canciones y hasta se marca sus solos de guitarra con una sonrisa de oreja a oreja en lo alto del escenario. Yo disfruto viéndole tocar y no sé si es bueno o es malo. Seguro que gente de la música me podría decir algo tipo «no lo hace mal» o «vaya, pues es bastante bueno» o «sí, bueno, lo importante es que se divierta». A mí me seguiría dando igual; iría a verle siempre que tuviera ocasión y seguiría disfrutando de verle feliz haciendo algo que le gusta.

Yo soy feliz también con mi recuperada partidita de los domingos con el grupo. Nos reímos, desayunamos demasiado fuerte, creamos una partida absurda que no deberíamos contar a nadie ni, desde luego, publicitar en demasía. En muchos aspectos, las partidas de rol son como sesiones de jazz, en las que tienes una serie de instrumentos, una serie de «recetas» pero luego todo es maravillosamente improvisado. Adoro la alquimia que se produce en la mesa de juego. Me río, me flipo cuando una escena queda épica, suelto chistes malos, disfruto desarrollando una actividad que llevo décadas practicando. Hasta se podría decir que no lo hago mal o incluso que soy bastante bueno. Pero bueno, lo importante es que me divierto.

No os cuento nada nuevo, porque después de tantos años escribiendo, me habréis leído un artículo así docenas de veces. Pero creo que está bien recordarlo de cuando en cuando. Somos animales sociales, disfrutamos de realizar actividades en compañía. Es lo que intento trasmitir a mis hijos, y también a mis lectores. Y a mí mismo, que a veces se me olvida. Hay que disfrutar de cada momento y de cada cosa que hacemos. Y admitir que habrá momentos jodidos y que te hundirán. Pero que siempre puedes coger tu guitarra, o tu juego de rol, o tu balón de fútbol y echarte una pachanguita con los colegas. No es necesario ni siquiera hacerlo bien. Es suficiente con disfrutar del momento.

Saludetes,
Carlos

6 comentarios:

  1. Además de jugar al rol he tocado en bandas y la verdad, las dinámicas de grupo son bastante similares.
    Me alegro mucho por vuestras partidas domingueras. Que sigan así durante décadas.

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    1. ¡Rolero y músico! ¡Artista! :D

      Mis partidas domingueras llevan ya mucho, mucho tiempo jugándose. Al principio los jueves por la tarde, luego los miércoles, luego domingos... hemos ido cambiando de día, de juego y hasta de miembros del grupo, pero nos mantenemos a lo largo del tiempo. Es un ancla de cordura en un mundo loco, loco.

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  2. Mindfulness del güeno güeno XD
    Como siempre, más razón que un santo. El secreto de la felicidad es poder disfrutar de lo que te gusta. Y ya está.

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    1. Pues mi intención no era escribir una entrada Mr. Wonderful, pero al final es lo que me ha salido, me temo xD. Sí, creo que lo he comentado alguna que otra vez, que una vez leí que un psicólogo había dedicado su carrera al estudio de lo que hacía felices a las personas y estaba convencido de que dedicarle tiempo a sus aficiones y perfeccionarse en ellas por el puro placer de su disfrute era una de las claves de la felicidad.

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