Siempre me ha gustado ver cómo una entrada de un blog termina animando a otros blogueros a escribir sus propias entradas en respuesta. Estas no tienen por qué ser respuestas directas, ni tratar el mismo tema. Pueden ser simplemente reflexiones sobre asuntos que la entrada original te ha inspirado, y que no caben en un simple comentario. Incluso cuando, como es mi caso, dichos comentarios no suelen ser cortos ni concisos xD.
Mi hermano escribió hace unos meses una entrada sobre su colección de libros de rol, que me llevó a mí a escribir una entrada sobre mi propia colección. Y la mía animó a Javier Albizu a escribir no una, ni dos sino tres entradas con sus propias reflexiones sobre sus libros. Y aunque aún le quedan por escribir más entradas, algo se me ocurrió al leer la tercera.
El comentario surgió porque Javier estaba hablando de una de las joyas de su colección, formada por apenas una decena de libros del juego en inglés Skyrealms of Jorune. Esta es una ambientación de tipo «romance planetario», situada en un planeta lejano (Jorune) donde habitan distintas especies inteligentes, incluyendo la humana, que lo han ido colonizando a lo largo de miles de años. En cierto sentido, el concepto me recuerda al de Tékumel, por lo de seres humanos viviendo en un planeta extraño en el que existe la magia, y que han olvidado sus orígenes en la Tierra. Pero no puedo decir mucho más sobre si se parecen o no, porque en realidad no he leído nada sobre Jorune, más allá de saber que existe y que fue un juego de rol con un cierto seguimiento el siglo pasado. Llegó incluso a tener un videojuego oficial basado en el mundo de juego, pero yo lo conozco solo por referencias que he leído en artículos o en publicidad; para mí es poco más de un nombre.
Pero para Javier es lo suficientemente importante como para que estos libros sean una joya en su colección. Y también como para haber escrito a uno de los autores de los suplementos hace muchos años, y para mantener el amor a este juego mucho tiempo después de que sea poco más que una nota en los libros de historia rolera.
Y no cabe duda de que algo debe tener este juego para que se haya mantenido tanto tiempo. Pero sé que no lo voy a leer. A ver, no me importaría leerlo si cayera en mis manos, u ojearlo. Pero es que yo tengo mis propias joyas que admirar: Glorantha, la Antigüedad Clásica en sus múltiples formas, Aquelarre, Ars Magica... En algunos casos son juegos más conocidos y en otros, cosas que prácticamente nadie recuerda, como Nephilim. Y sospecho que, para hacerle un hueco a Jorune, tendría que quitarme algo de encima. Y no me estoy refiriendo a un espacio físico en mis esforzadas estanterías, sino a un espacio en mi mente, en mi atención. Diría, incluso, que un espacio en mi corazón.
Sé que con frecuencia hablamos de que el mercado del rol está saturado. Que nuestras estanterías de Ikea se doblan bajo el peso de los cientos de libros que las abarrotan. Y que la gente no puede comprar más porque está empachada; la oferta supera a la demanda y no hay tiempo de seguir todas las novedades o incluso las líneas que nos gustan. En muchos sentidos puede ser un problema de que, en esta fase del capitalismo tardío, tenemos un problema de superproducción: se produce tantísimo producto de ocio que no tenemos tiempo de ver esa serie imprescindible, ese libro incunable o esa experiencia inolvidable. Hay demasiado de todo.
Ante esa exorbitante abundancia y la imposibilidad de acumular todos los discos, libros, películas y cómics que queramos tener, se nos ofrece la posibilidad de almacenarlo todo en la nube (por cierto, la nube no existe; es un ordenador enchufado en algún sitio). Pero incluso así, cuando disponemos de la capacidad de guardarlo todo y no perder nada, tenemos el problema de que somos seres pequeños. Nuestra mente tiene una capacidad limitada para almacenar conocimientos y, me temo, nuestro corazón tiene una capacidad limitada para amar. También podríamos decir que tenemos una capacidad de atención limitada, pero creo que lo del corazón es más poético ;).
Existe una teoría llamado el número de Dunbar, que dice que podemos crear relaciones sociales significativas con un número limitado de personas. El número varía entre 100 y 250, y la teoría tiene sus detractores. Pero empíricamente yo me he fijado en que las personas entran y salen de mi vida a lo largo de las décadas y que yo mantengo una «tribu» cuyo número de integrantes se mantiene razonablemente estable en el tiempo. A mi cumpleaños vienen unos 25 o 26 familiares. Mis grupos de colegas estaban formados por unas doce o trece personas. Termino hablando con mucha gente en el trabajo, pero en mi nuevo departamento tengo a unas 20 personas, y he dejado de hablar de forma habitual con otras tantas, que eran mi anterior tribu profesional. Quizá es una cosa mía, pero hay ocasiones en las que he llegado a olvidar el nombre de personas con las que he mantenido una relación muy estrecha durante años, simplemente con que salgan de mi círculo más cercano durante un tiempo relativamente breve de tres o cuatro años. Vale, admito también que soy bastante desastroso para esto de relacionar caras con nombres. Pero no creo que sea el único al que le pasa.
Sospecho que esto que nos sucede con las personas nos sucede también con los hobbies que amamos. Puedo seguir comprando y comprando libros y colecciones, pero al final me veo regresando una y otra vez a mis viejas obsesiones: Mythras/RuneQuest, Pendragón, Glorantha. Las cosas que nos impresionan de pequeños nos impresionan para toda la vida. Al final entran nuevos juegos, como Sombras Urbanas, pero no deja de ser significativo que para que entren unos, tengo que sacar otros de mi vida (por ejemplo, FATE). Admitamos que podemos querer a mucha gente, pero que no podemos mantener la atención en toda la gente que hemos querido a la vez. Lo mismo nos sucede con los juegos de rol, y probablemente con todo. No hay tiempo para hacerlo todo, a largo plazo, pero es que tampoco hay tiempo a corto plazo para mantener la atención en demasiadas cosas a la vez. Y al fin, lo que nos queda es elegir qué libros leer, qué serie ver y a qué personas querer.
Esto no quiere decir que no se pueda cambiar, y que estemos atrapados en aquello que llega primero a nuestras vidas. Habrá personas que mantengan la lealtad a algo durante toda su vida, y habrá quien vaya cambiando de una cosa a otra. Pero sospecho que todos, en un momento específico del tiempo, solo tenemos espacio para cierto número limitado de artefactos intelectuales o sentimentales.
Así que no os sintáis tristes o agobiados si no podéis verlo todo, hacerlo todo o tenerlo todo. No es posible. Somos demasiado pequeños, y el mundo es demasiado grande. Simplemente apreciad lo que tenéis, y disfrutad de aquello que os llena. Dedicad tiempo a las personas que os quieren y a aquello que os apasiona.
Y recordad, que todos tenemos un espacio limitado en nuestro corazón. Pero hay que procurar llenarlo.
Saludetes,
Carlos
P.D.: A título informativo, el comentario original que dejé en el blog de Javier fue este: «Jorune. Me temo que es otra de esas ambientaciones famosas y clásicas de las que apenas sé nada. Me di cuenta hace años de que no voy a tener tiempo de profundizar de manera real en todo aquello que merece la pena en este nuestro mundillo. Nuestro espacio material, mental y sentimental es limitado, y no podemos meter en él todo lo que quisiéramos. Jorune se merecería sin duda estar ahí pero, ¿qué es lo que saco para ocupar hueco? ¿Glorantha? ¿Pendragón? ¿Ars Magica? Quizá, a estas alturas de la vida, es suficiente con aceptar que una pequeña mente humana, y un corazón, tienen un espacio limitado». Probablemente, en ese pequeño párrafo, ya estaba escrita de forma más concisa toda esta entrada ;).
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